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Lara Stemple, Wendy Patten and Benjamen Jealous, Infierno en La Cárcel, Miami Herald, October 5, 2003.
Rodney Hulin no lo
merecía. Rodney tenía 16 años y era bajito para su edad cuando cometió un
delito menor: prenderle fuego a un tanque de basura en un callejón. Fue
acusado de incendio premeditado y remitido a una prisión de adultos. Allí
lo violaron repetidamente.
Los funcionarios
ignoraron sus escritos en demanda de ayuda. El personal de la prisión
ignoró los intentos de su madre por protegerlo. Finalmente, incapaz de
soportar una vida de constante tortura, Rodney se ahorcó en enero de 1996,
a los 75 días de haber entrado en la cárcel.
En julio, el Congreso
aprobó una ley que pudiera evitar que otros tengan que soportar abusos
sexuales en la cárcel. La Ley de Eliminación de la Violación Carcelaria
del 2003 consiguió aprobación unánime tras meritorios esfuerzos
bipartidistas tanto en la Cámara como en el Senado. El presidente Bush la
hizo ley el 4 de septiembre.
Esta ley es
desesperadamente necesaria.
Aproximadamente uno de
cada cinco reclusos en Estados Unidos ha tenido que afrontar contactos
sexuales forzados en prisión, según estudios sobre el tema realizados por
investigadores como Cindy Struckman-Johnson de la Universidad de Dakota
del Sur. Uno de cada 10 ha sido violado. Para las mujeres, cuyos verdugos
frecuentemente son los mismos custodios de la cárcel, hay algunas
instituciones correccionales donde una de cada cuatro ha sido sexualmente
asaltada.
Como Rodney, muchas
víctimas de violaciones son delincuentes jóvenes, no violentos, que no
tienen experiencia sobe la dura vida carcelaria.
Como Rodney, muchas
víctimas han descubierto que muchos guardias ignoran sus demandas de ayuda
e inclusive toman medidas de represalia contra los reclusos que presentan
quejas.
Y como Rodney, muchas
víctimas han sido destruidas por los daños físicos y psicológicos
experimentados.
Las víctimas de
violaciones carcelarias han quedado golpeadas, ensangrentadas y hasta
muertas. Han contraído enfermedades venéreas como VIH-sida y hepatitis A y
B. Y han sufrido de depresión, drogadicción y stress postraumática.
Nadie debía tener que
soportar la violencia sexual, especialmente en instituciones
correccionales donde los funcionarios públicos tienen un control casi
total de las vidas de los reclusos a su cargo.
Una amplia y diversa
coalición de grupos religiosos, organizaciones de derechos humanos y
expertos en derecho penal apoyan la Ley de Eliminación de la Violación
Carcelaria del 2003 porque es un esfuerzo responsable por afrontar uno de
los abusos a los derechos humanos más ignorados y menospreciados de este
país.
La ley solicita la
compilación de estadísticas nacionales sobre el problema, plantea el
desarrollo de normas para uso de los estados, proporciona donaciones para
apoyar los programas estatales y locales dirigidos a prevenir y castigar
la violación carcelaria, y crea un panel de revisión que hace responsables
a los estados por el progreso en la erradicación del mal.
Aplicada de manera
concienzuda, la ley ayudará a movernos hacia una era más humana y más
segura en los penales americanos. El alcance de la ley debe extenderse a
todas las instituciones que confinen adultos y jóvenes, incluyendo las que
tienen detenidos de inmigración.
La comisión que elabora
las nuevas normas y el panel de revisión que evalúe el cumplimiento de los
estados tienen que contar con reformadores experimentados. Y todos los que
cometen violaciones tienen que ser responsabilizados por sus acciones,
especialmente el personal correccional que abuse groseramente de su
autoridad atacando sexualmente a reclusos.
Pero la violación
carcelaria no puede eliminarse sólo con leyes. Además de leyes efectivas,
necesitamos atención psicológica para los sobrevivientes, demandas
dirigidas a presionar las reformas y una mayor compasión por parte del
público.
Tenemos que reconocer
que ninguna de los más de dos millones de personas confinadas en las
instituciones penitenciarias de Estados Unidos ha sido condenada a
violación.
Resolver este problema
nos beneficiará a todos. El asalto sexual en las prisiones difunde
enfermedades, promueve ciclos de violencia, socava la legitimidad de
nuestro sistema de justicia penal, viola derechos humanos básicos y
destruye vidas.
Rodney merecía algo
mejor. Nosotros, como sociedad, también lo merecemos.
Lara Stemple es
directora ejecutiva de Stop Prisoner Rape (www.spr.org). Wendy Patten es
directora en EEUU de Human RightsWatch (www.hrw.org). Benjamin Jealous es
director del programa nacional americano de derechos humanos para Amnesty
International USA (www.amnesty.org).
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